El asesinato del chico Lucas Ivarrola rememora los crímenes más atroces que ocurrieron durante la dictadura militar genocida. Métodos que parecían erradicados, que los marinos, la Armada Argentina, estaba recluida a un ostracismo obligado por la condena social de un pueblo que no quiere volver a saber de ellos. Pero lo enseñado queda y el asesinato del adolescente de Moreno lo muestra a la perfección. El método fue calcado de cualquiera de las acciones que las patotas de la Armada realizaron después del golpe de 1976: un secuestro violento de la casa de un familiar donde el perseguido se escondía; una sesión de tortura feroz; una ejecución con fusilamiento, y el intento de desaparecer el cuerpo. ¿Sorprendente coincidencia o aprendizajes puestos en práctica? Hasta la idea de obediencia debida apareció en cartel: el mayor de los hermanos Romero, Jorge, de 42 años y suboficial primero de la Armada, se hizo cargo del asesinato para desvincular a sus dos hermanos: Carlos, el otro marino –cabo principal- de 34 y Ramón, efectivo de una empresa de seguridad. Según la fiscal del caso, citada por un matutino porteño, Jorge Romero dijo «lo hice yo solo». Incluso el vehículo que utilizaron en el secuestro es un signo del pasado: Usaron, para ser fieles a la historia, un Ford Falcon color verde.
Con el final de la dictadura, y el anterior exterminio de las organizaciones políticas que ponían en jaque la organización política, la figura del “delincuente”, del otro a suprimir, mutó. Se pasó de la persecución del “delincuente subversivo” a la cacería del “delincuente común”; del resguardo de la propiedad privada de los revolucionarios que la querían “robar” para repartirla, al resguardo de la propiedad de aquellos que la intentan sustraer para sobrevivir. Antes delincuentes organizados e ideologizados; hoy “negritos” que van por la libre. En algunos organismos antirrepresivos leen el traspaso de sistemas de represión y control social como el paso de la famosa Doctrina de Seguridad Nacional al de una Doctrina de Seguridad Ciudadana. Ambas tiene como base de operación el exterminio –que en el 75, para el primero de los casos, firmó Ruckauft- de los “delincuentes”. El tan tristemente célebre Gatillo Fácil, que funciona en la práctica como una pena de muerte extrajudicial –salvo contadas excepciones son chicos pobres los que lo padecen-, es una muestra de una práctica estatal ilegal: aunque no puede decirse que exista una orden gubernamental para ponerlos en práctica, son funcionarios del estado quienes lo ejecutan.
Lucas Ivarrola llegó el lunes por la tarde corriendo a la casa de su padrino. Intentaba refugiarse de un grupo que lo buscaba acusándolo de haber robado un televisor. Poco después –según relataron los testigos presénciales- los dos marinos y el custodio entraron en la casa; se llevaron por la fuerza a un chico de 15 años, de contextura menuda y lo subieron a un Falcon Verde. Lo que siguió fue el terror. El martes el cuerpo de Lucas apareció a un costado de un camino rural en Lujan: lo habían torturado, ejecutado y prendido fuego, tal como determinó la pericia forense, cuando aún agonizaba. La reacción fue inmediata y, mientras la policía arrestaba a los hermanos Romero, algunos de los vecinos del adolescente atacaron e incendiaron la vivienda de quien engendró tales monstruos. Hasta aquí las crónicas policiales, pero el tiempo pasa y las marcas quedan pirograbadas en las conciencias de los pueblos.
En las épocas de la Doctrina de Seguridad Nacional una frase resumió la complicidad social de un genocidio. «Algo habrán hecho», decía doña Rosa. Ayer, en Moreno esa frase regurgitó de las gargantas de algunos de los vecinos del barrio “La Perlita” de Moreno, donde Lucas vivía con sus hermanos y su madre en una casa construida con madera y materiales juntados; en una casa marginal típica del conurbano bonaerense pobre. «Bien muerto está» aseguran los medios de comunicación que dijeron varios vecinos.
El crimen de Lucas pone una vez más al descubierto una idea que trágicamente toma cada vez más fuerza entre la gente: la equiparación del pobre con el criminal. La desvalorización de la infancia y la adolescencia. Y los arrebatos justicieros. Criminales. Y la idea de que nuestro vecino es un potencial atacante. Blumberg ha hecho mucho daño. Sería interesante no volver más para atrás justo ahora que se estan juzgando aquellos asesinos.
30 junio 2006
29 junio 2006
Pasen y Lean
Solo para recomendar: amigos, compañeros y ex de trabajo.
Pasen y vean: Otoño Platense http://veranoplatense.blogspot.com/
No publicable: http://nopublicable.blogspot.com/
Cuando logre entender este fucking blog los pondré entre los recomendados, ahí donde dice "Google"
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16 junio 2006
Parto Telefónico
Llamada de urgencia
El teléfono sonó insistentemente a las 4.08 de la madrugada en uno de los boxes de la central telefónica del sistema de emergencias de la capital bonaerense, ubicado en la calle 8 entre 46 y 47, y tras levantar el teléfono, el operador escuchó un pedido desesperado: el abuelo pidió una ambulancia porque el sistema de urgencias médicas no le respondía.
El otro extremo de la línea conectaba con una humilde casita de la calle Pilcomayo de Moreno, donde Mariana, una madre adolescente, había empezado el trabajo de parto para dar a luz a su primer hijo. Apenas seis horas antes, en el hospital local a donde había llegado con contracciones, los médicos le habían dicho: «lo mejor va a ser que te vayas a tu casa».
El operador telefónico pidió la asistencia, pero lejos de colgar el teléfono, mantuvo la comunicación y ayudó en todo lo que pudo al hombre que veía como su hija Mariana comenzaba a realizar el trabajo de parto, y su nieto comenzaba a nacer. Las luces y los aullidos de la sirena de la ambulancia no se escucharon en la casita de la calle Pilcomayo durante los 42 minutos que el anónimo operador telefónico y José Coronel -el inminente abuelo-, dialogaron a la distancia.
-Bueno José, escúcheme, fíjese entre las piernas de la señora a ver si alcanza a ver algo.- Con voz pausada pero firme, el operador comenzó la asistencia que daría como resultado el nacimiento de la criatura.
-Si, como que se ve pero no alcanza a salir...- Respondió la voz trémula de José Coronel, desde el otro lado de la línea.
-Bueno, escúcheme. ¿Ya tiene las toallas y el agua lista?
-Si, ya está listo el agua, las toallas, ya está...- El futuro abuelo, ayudado por una voz desconocida se preparaba para la realizar, quizá, la mayor hazaña de su vida: oficiar de partero de su nieto.
-Bueno José, escúcheme que vamos a hacer lo siguiente: Es posible que el bebé empiece a nacer en unos minutos. Lo que usted tiene que hacer es poner su mano entre las piernas de la señora e ir conteniendo la cabeza del bebé para que vaya saliendo muy lentamente.- Con un tono que transmitía seguridad y ternura al mismo tiempo, el operador telefónico continúo:-Yo me voy anticipando, todavía esto no va a pasar, pero le voy a explicar lo que va a tener que hacer si es necesario. Primero tiene que tranquilizarla a ella para que respire hondo y profundo... Mantenga las toallas limpias y secas al lado de ella.
El nacimiento de un nuevo integrante de la familia ya estaba en curso en la casa los Coronel. El padre de la adolescente embarazada, librado al azar por la asistencia médica -antes había llamado al número de ambulancia 107 pero no tuvo respuesta, por lo que su hija le pidió que llamara al 911- ya estaba listo para convertirse en el partero de su nieto.
-Seguramente, si usted empieza a ver que algo empieza a asomar tiene que fijarse que parte del cuerpo es; si es la cabeza o es la cola del bebé... Usted tiene que en todo momento tiene que fijarse entre las piernas de la señora para ver si sale el bebé.- Pausado, paternal, el operador guió todo el tiempo a un inminente abuelo desconcertado que escuchó atentamente, con los gemidos de dolor de su hija como fondo.
-Respirá profundo, Respirá profundo.- Pedía a la chica calmadamente el abuelo.- Algo se alcanza a ver.- Dijo.
-¿De que tamaño es lo que alcanza a ver?
-Menos de cinco centímetros.
-Bueno, escúcheme, es importante que usted se tranquilice José, así podemos tranquilizarla a Mariana. Tenemos que estar tranquilos para ayudarla ¿Me entiende? Si estamos tranquilos y la ayudamos a Mariana va a nacer la criatura ¿Está bien?
-Ahí está, ahí está...- comenzó a gritar José.
-¿Que és? ¿La cabeza o la cola?
-No se ve, no se ve...
-Tranquilicesé, tranquilicesé. Digame qué es: ¿La cabeza o la cola?
-Es la cabeza, es la cabeza...
“Nació, nació”, gritó de golpe José Coronel por el teléfono. De fondo, el llanto cortado y chillón de un bebé daba a entender que todo había terminado de la mejor manera. El nieto nació en las manos de su abuelo.
La ambulancia llegó cuando operador y abuelo se disponían a cortar el cordón umbilical del recién nacido que ya estaba apoyado, boca abajo, sobre el pecho de la joven madre. Los doctores constataron que el parto había sido normal, y que el nuevo integrante de la familia Coronel estaba en perfecto estado de salud.
El teléfono sonó insistentemente a las 4.08 de la madrugada en uno de los boxes de la central telefónica del sistema de emergencias de la capital bonaerense, ubicado en la calle 8 entre 46 y 47, y tras levantar el teléfono, el operador escuchó un pedido desesperado: el abuelo pidió una ambulancia porque el sistema de urgencias médicas no le respondía.
El otro extremo de la línea conectaba con una humilde casita de la calle Pilcomayo de Moreno, donde Mariana, una madre adolescente, había empezado el trabajo de parto para dar a luz a su primer hijo. Apenas seis horas antes, en el hospital local a donde había llegado con contracciones, los médicos le habían dicho: «lo mejor va a ser que te vayas a tu casa».
El operador telefónico pidió la asistencia, pero lejos de colgar el teléfono, mantuvo la comunicación y ayudó en todo lo que pudo al hombre que veía como su hija Mariana comenzaba a realizar el trabajo de parto, y su nieto comenzaba a nacer. Las luces y los aullidos de la sirena de la ambulancia no se escucharon en la casita de la calle Pilcomayo durante los 42 minutos que el anónimo operador telefónico y José Coronel -el inminente abuelo-, dialogaron a la distancia.
-Bueno José, escúcheme, fíjese entre las piernas de la señora a ver si alcanza a ver algo.- Con voz pausada pero firme, el operador comenzó la asistencia que daría como resultado el nacimiento de la criatura.
-Si, como que se ve pero no alcanza a salir...- Respondió la voz trémula de José Coronel, desde el otro lado de la línea.
-Bueno, escúcheme. ¿Ya tiene las toallas y el agua lista?
-Si, ya está listo el agua, las toallas, ya está...- El futuro abuelo, ayudado por una voz desconocida se preparaba para la realizar, quizá, la mayor hazaña de su vida: oficiar de partero de su nieto.
-Bueno José, escúcheme que vamos a hacer lo siguiente: Es posible que el bebé empiece a nacer en unos minutos. Lo que usted tiene que hacer es poner su mano entre las piernas de la señora e ir conteniendo la cabeza del bebé para que vaya saliendo muy lentamente.- Con un tono que transmitía seguridad y ternura al mismo tiempo, el operador telefónico continúo:-Yo me voy anticipando, todavía esto no va a pasar, pero le voy a explicar lo que va a tener que hacer si es necesario. Primero tiene que tranquilizarla a ella para que respire hondo y profundo... Mantenga las toallas limpias y secas al lado de ella.
El nacimiento de un nuevo integrante de la familia ya estaba en curso en la casa los Coronel. El padre de la adolescente embarazada, librado al azar por la asistencia médica -antes había llamado al número de ambulancia 107 pero no tuvo respuesta, por lo que su hija le pidió que llamara al 911- ya estaba listo para convertirse en el partero de su nieto.
-Seguramente, si usted empieza a ver que algo empieza a asomar tiene que fijarse que parte del cuerpo es; si es la cabeza o es la cola del bebé... Usted tiene que en todo momento tiene que fijarse entre las piernas de la señora para ver si sale el bebé.- Pausado, paternal, el operador guió todo el tiempo a un inminente abuelo desconcertado que escuchó atentamente, con los gemidos de dolor de su hija como fondo.
-Respirá profundo, Respirá profundo.- Pedía a la chica calmadamente el abuelo.- Algo se alcanza a ver.- Dijo.
-¿De que tamaño es lo que alcanza a ver?
-Menos de cinco centímetros.
-Bueno, escúcheme, es importante que usted se tranquilice José, así podemos tranquilizarla a Mariana. Tenemos que estar tranquilos para ayudarla ¿Me entiende? Si estamos tranquilos y la ayudamos a Mariana va a nacer la criatura ¿Está bien?
-Ahí está, ahí está...- comenzó a gritar José.
-¿Que és? ¿La cabeza o la cola?
-No se ve, no se ve...
-Tranquilicesé, tranquilicesé. Digame qué es: ¿La cabeza o la cola?
-Es la cabeza, es la cabeza...
“Nació, nació”, gritó de golpe José Coronel por el teléfono. De fondo, el llanto cortado y chillón de un bebé daba a entender que todo había terminado de la mejor manera. El nieto nació en las manos de su abuelo.
La ambulancia llegó cuando operador y abuelo se disponían a cortar el cordón umbilical del recién nacido que ya estaba apoyado, boca abajo, sobre el pecho de la joven madre. Los doctores constataron que el parto había sido normal, y que el nuevo integrante de la familia Coronel estaba en perfecto estado de salud.
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