La testigo en el juicio a Miguel Etchecolatz festejaba su cumpleaños en una quinta de Villa Elisa acompañada de sus amigos. En el interior sonaban la música y las risas, mientras el mate y las galletitas hacían de la tarde de pileta un festejo propicio. Afuera, los custodios de la testigo dispuestos por el Gobierno de la Provincia cuidaban que todo estuviera en orden.
Los festejos se continuaron como cualquier otra tarde apacible en esa localidad de casas quinta de La Plata, con uno de los policías bonaerenses que ejercen la custodia vestido con gorra y remera, disimulando su presencia en el lugar como si fuera cualquier hijo de vecino.
Pero las risas se ahogaron cuando uno de los invitados, que ya debía volver a sus ocupaciones, descubrió que en la puerta de la quinta ya no estaba su moto de 250 cilindradas. Un desconocido la había robado de las narices del custodio que, bajo la sombra de una planta, no supo advertir el delito.
El ladrón, descrito por el bonaerense como "un flaco de barba y pelo largo", robó la moto comprada con los ahorros de años sin que nadie lo advirtiera. Poco más tarde, desde el despacho del propio ministro León Arslanián avisaron a la testigo que todo se estaba solucionando (?!).
A la noche, cuando el vino y los choripanes habían dado paso al baile adentro de la quinta, los invitados comentaban entre sonrisas con un dejo de preocupación: "Si no pueden cuidar una moto... que dios salve a los testigos".
27 febrero 2007
Custodio de nada
Paradojas del programa de protección al testigo
26 febrero 2007
Guantes de látex
Se despertó sobresaltado por su propio aullido y cerró los ojos rápidamente para poder abrirlos más lento, más cautelosos. Otra pesadilla. Nuevamente el atacante oscuro detrás de esa puerta. «Tengo que ponerle otro seguro», dijo para si mientras tomaba unos tragos largos de agua directamente de la botella de plástico, parado en calzoncillos al lado de la heladera.
El sueño era igualmente espantoso que muchas otras pesadillas anteriores, pero el que lo había despertado esa noche traía entre sus imágenes una referencia a la muerte, extraña pero muy específica.
Guantes de látex, guantes de forense. Pensó con la botella aún en la mano.
Prendió un cigarrillo del atado que estaba en la mesa de luz junto al cenicero pensando que le costaría volver a dormirse, pero no pudo terminar de fumarlo. Lo apagó, cerro los ojos y se durmió al instante.
-Soñé que dormía y me despertaba.
-¿Un sueño en el sueño?- Preguntó Mercedes.
-Si, algo asi... Me despertaba aterrado. Sin poder dominar mi cuerpo. Salía de la cama y caminaba hacia la puerta con la sensación (porque no podía verla) de que estaba abierta. Era como si yo no me moviera: mi cuerpo se desplazaba solo, entumecido, tiezo, con los brazos extendidos a los costados del cuerpo, como dominado por un terror como el que genera la altura. Como el vértigo que te deja petrificado, como si el cuerpo no te perteneciera.
-Una sensación fea.
-Horrible. A un amigo le pasó en Jujuy y no se podía bajar de la montaña. Se quedó abrazado a una piedra como media hora...
-Bueno, el sueño... estabas como petrificado...
-Si, me movía no se cómo. Salí de la pieza y pase por el living, siempre con la idea que la puerta estaba abierta y que ahí había alguien, o algo, no se. Del living pase al pasillo y enfrenté la puerta, todavía sin ver nada.
-¿Estaban las luces prendidas?
-No. Estaban apagadas pero igual veía todo. El ropero en la pieza, con una puerta abierta (así había quedado esa noche, me di cuenta cuando me desperté en serio); la cómoda con el equipo de música arriba en el living, los cuadros del Che y de Picasso en las paredes. Todo veía.
Y cuando llegué al borde de la puerta abierta de par en par (al fondo del pasillo me acuerdo que se veía la puerta que da a la calle), ahí estaba, del lado de afuera de la casa, abajo del escalón, en el pasillo: una figura humana, sin cara porque él sí estaba a oscuras. Con los brazos abiertos y las manos con los dedos bien estirados a la altura mi cuello.
-Ahí te despertaste.
-Si pegué un grito que me asustó a mi. Y me desperté.- Esbozó una sonrisa de vergüenza al reconocer lo que le pareció cobardía.
-Una cosa me llamó la atención del todo, y es la última imagen que me quedó; lo último que vi en el sueño: el tipo (o lo que sea que fuera) tenía puestos guantes de látex. Los mismos que usan los médicos, o los forenses.
Ella habló con una sonrisa entre dientes: -¿Los guantes de la muerte?
«Los guantes de la muerte» repitió en su cabeza. Y devolvió la sonrisa.
El sueño era igualmente espantoso que muchas otras pesadillas anteriores, pero el que lo había despertado esa noche traía entre sus imágenes una referencia a la muerte, extraña pero muy específica.
Guantes de látex, guantes de forense. Pensó con la botella aún en la mano.
Prendió un cigarrillo del atado que estaba en la mesa de luz junto al cenicero pensando que le costaría volver a dormirse, pero no pudo terminar de fumarlo. Lo apagó, cerro los ojos y se durmió al instante.
-Soñé que dormía y me despertaba.
-¿Un sueño en el sueño?- Preguntó Mercedes.
-Si, algo asi... Me despertaba aterrado. Sin poder dominar mi cuerpo. Salía de la cama y caminaba hacia la puerta con la sensación (porque no podía verla) de que estaba abierta. Era como si yo no me moviera: mi cuerpo se desplazaba solo, entumecido, tiezo, con los brazos extendidos a los costados del cuerpo, como dominado por un terror como el que genera la altura. Como el vértigo que te deja petrificado, como si el cuerpo no te perteneciera.
-Una sensación fea.
-Horrible. A un amigo le pasó en Jujuy y no se podía bajar de la montaña. Se quedó abrazado a una piedra como media hora...
-Bueno, el sueño... estabas como petrificado...
-Si, me movía no se cómo. Salí de la pieza y pase por el living, siempre con la idea que la puerta estaba abierta y que ahí había alguien, o algo, no se. Del living pase al pasillo y enfrenté la puerta, todavía sin ver nada.
-¿Estaban las luces prendidas?
-No. Estaban apagadas pero igual veía todo. El ropero en la pieza, con una puerta abierta (así había quedado esa noche, me di cuenta cuando me desperté en serio); la cómoda con el equipo de música arriba en el living, los cuadros del Che y de Picasso en las paredes. Todo veía.
Y cuando llegué al borde de la puerta abierta de par en par (al fondo del pasillo me acuerdo que se veía la puerta que da a la calle), ahí estaba, del lado de afuera de la casa, abajo del escalón, en el pasillo: una figura humana, sin cara porque él sí estaba a oscuras. Con los brazos abiertos y las manos con los dedos bien estirados a la altura mi cuello.
-Ahí te despertaste.
-Si pegué un grito que me asustó a mi. Y me desperté.- Esbozó una sonrisa de vergüenza al reconocer lo que le pareció cobardía.
-Una cosa me llamó la atención del todo, y es la última imagen que me quedó; lo último que vi en el sueño: el tipo (o lo que sea que fuera) tenía puestos guantes de látex. Los mismos que usan los médicos, o los forenses.
Ella habló con una sonrisa entre dientes: -¿Los guantes de la muerte?
«Los guantes de la muerte» repitió en su cabeza. Y devolvió la sonrisa.
08 febrero 2007
Uno menos
-Hola ¿Capitán?
-Si, ¿Quién habla?
-JC, periodista de La Plata. Lo llamaba para hacerle una consulta. ¿Usted todavía sigue a cargo del Registro de Armas?
-Si, si.
-Ah, perfecto. Lo quería consultar porque, como se habrá enterado, hoy volvió a pasar que un comerciante se resistió a tiros de un robo y mató a un ladrón. Ayer, otro hizo lo mismo, pero mató una vecina. Le quería hacer unas preguntas por la tenencia de armas por los civiles.
-Uh, que macana.. Pero no se nada de lo que me preguntás. Estoy de vacaciones.
-Ah, claro...
-Pero igual contáme. Hace una semana que no leo los diarios ni miro la tele ¿Qué pasó?
-Bueno, ayer un pibe asaltó a un panadero y cuando se escapaba con 300 pesos, el tipo lo corrió con su pistola, una 9, una Bersa, y le tiró a la carrera pero le pegó a una vecina en el cuello.
-Que macana. No sabía nada.
-Si, una desgracia.
-Y hoy ¿qué pasó?
-Hoy tres ladrones entraron a robar a la casa de un comerciante y cuando estaban dentro el tipo sacó una Mágnum 357 y se tiroteó en el living. Mató uno de los ladrones, los otros se fueron. Pero el comerciante también resultó herido.
-¿Al ladrón lo mató?
-Si. Quedó en el piso del living, en un charco de sangre.
-Y bueno: uno menos.
-...
-Un chorro menos, ¿qué querés que te diga?
-Y... está difícil la situación...
-Ajá... che, no vas a poner que te dije esto!
-No, no... no se preocupe. Bueno, que pase bien las vacaciones. Gracias por atenderme, igualmente.
-No hay problema flaco. Llamame el 16, cuando se me terminen las vacaciones que ya voy a estar más en tema.
-Ok, hasta luego.
-Chau, flaco, chau.
-Si, ¿Quién habla?
-JC, periodista de La Plata. Lo llamaba para hacerle una consulta. ¿Usted todavía sigue a cargo del Registro de Armas?
-Si, si.
-Ah, perfecto. Lo quería consultar porque, como se habrá enterado, hoy volvió a pasar que un comerciante se resistió a tiros de un robo y mató a un ladrón. Ayer, otro hizo lo mismo, pero mató una vecina. Le quería hacer unas preguntas por la tenencia de armas por los civiles.
-Uh, que macana.. Pero no se nada de lo que me preguntás. Estoy de vacaciones.
-Ah, claro...
-Pero igual contáme. Hace una semana que no leo los diarios ni miro la tele ¿Qué pasó?
-Bueno, ayer un pibe asaltó a un panadero y cuando se escapaba con 300 pesos, el tipo lo corrió con su pistola, una 9, una Bersa, y le tiró a la carrera pero le pegó a una vecina en el cuello.
-Que macana. No sabía nada.
-Si, una desgracia.
-Y hoy ¿qué pasó?
-Hoy tres ladrones entraron a robar a la casa de un comerciante y cuando estaban dentro el tipo sacó una Mágnum 357 y se tiroteó en el living. Mató uno de los ladrones, los otros se fueron. Pero el comerciante también resultó herido.
-¿Al ladrón lo mató?
-Si. Quedó en el piso del living, en un charco de sangre.
-Y bueno: uno menos.
-...
-Un chorro menos, ¿qué querés que te diga?
-Y... está difícil la situación...
-Ajá... che, no vas a poner que te dije esto!
-No, no... no se preocupe. Bueno, que pase bien las vacaciones. Gracias por atenderme, igualmente.
-No hay problema flaco. Llamame el 16, cuando se me terminen las vacaciones que ya voy a estar más en tema.
-Ok, hasta luego.
-Chau, flaco, chau.
02 febrero 2007
Atrapar al custodio
Luego de la desaparición de Jorge Julio López, los testigos de causas por violaciones a los derechos humanos cuentan con protección especial dispuesta por los gobiernos nacional y provincial: uno o dos policías los siguen a todas partes y las personas custodiadas, salvo situaciones especiales como el caso de Luis Geréz, continúan con su vida y trabajan, van a la panadería y a cobrar al banco.
Esta mañana, una de las principales testigos del caso Etchecolatz fue como todos los inicios de mes a cobrar su sueldo al Banco Provincia, con el policía bonaerense asignado a su custodia como su sombra siguiéndola de cerca. El oficial, un hombre morrudo, de pelo cortado al ras y tez morena, ingresó detrás de la mujer y aguardó en el hall del Banco, sin perderla de vista, mientras se completaba el trámite.
Los uniformados encargados de la custodia de la entidad bancaria, celosos de su rol, avistaron a un hombre que cumplía con todos los requisitos lombrosianos utilizados para las investigaciones callejeras: la piel morocha que lo hizo candidato a la "portación de cara" y, para completar el cuadro, deambulaba por las instalaciones del banco en "actitud sospechosa".Con esa presunción, se le fueron al humo.
Lo cachearon con gran despliegue y, por supuesto, le encontraron un arma, elemento que porta todo custodio que se precie. De nada sirvieron en ese momento las explicaciones del policía a sus pares porque el único elemento probatorio de su actividad encubierta era una hoja de papel impresa estampada con algunas firmas.
Media hora más tarde, y después de hacer sonar todos los teléfonos de los encargados de Protección al Testigo, los custodios del banco lo dejaron ir. Claro que el policía necesitó otra media hora para explicarle a su protegida las peripecias que tuvo que pasar por vigilarla mientras cobraba sus haberes.
Esta mañana, una de las principales testigos del caso Etchecolatz fue como todos los inicios de mes a cobrar su sueldo al Banco Provincia, con el policía bonaerense asignado a su custodia como su sombra siguiéndola de cerca. El oficial, un hombre morrudo, de pelo cortado al ras y tez morena, ingresó detrás de la mujer y aguardó en el hall del Banco, sin perderla de vista, mientras se completaba el trámite.
Los uniformados encargados de la custodia de la entidad bancaria, celosos de su rol, avistaron a un hombre que cumplía con todos los requisitos lombrosianos utilizados para las investigaciones callejeras: la piel morocha que lo hizo candidato a la "portación de cara" y, para completar el cuadro, deambulaba por las instalaciones del banco en "actitud sospechosa".Con esa presunción, se le fueron al humo.
Lo cachearon con gran despliegue y, por supuesto, le encontraron un arma, elemento que porta todo custodio que se precie. De nada sirvieron en ese momento las explicaciones del policía a sus pares porque el único elemento probatorio de su actividad encubierta era una hoja de papel impresa estampada con algunas firmas.
Media hora más tarde, y después de hacer sonar todos los teléfonos de los encargados de Protección al Testigo, los custodios del banco lo dejaron ir. Claro que el policía necesitó otra media hora para explicarle a su protegida las peripecias que tuvo que pasar por vigilarla mientras cobraba sus haberes.
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