24 octubre 2007

La torta

De cada 100 pesos que se generaron por el proceso de crecimiento económico, el 30% más rico se apropió de $62,5, restando $37,5 para ser repartidos por el 70% restante de la población. Esta claro que es un porcentaje insuficiente para modificar la pauta distributiva de la sociedad, máxime cuando se considera que el 40% más pobre captó apenas $12,8 y el 30% de los sectores medios explican los $24,7 restantes.
La conclusión es obvia, en el marco de la recuperación de la actividad económica, las condiciones de funcionamiento de la economía local (elevada concentración y extrema desigualdad) no se modifican”
.

Claudio Lozano
Economista y candidato a
diputado nacional por Proyecto Sur

11 octubre 2007

de ley

"Las generosas y sabias doctoras de la querella.
Mayoría de mujeres frente al hombre que creyó ser Jesús y que vio crecer la Cruz.
La venganza, si la hay, ha sido justa.
A esta sociedad machista, católica y de saco y corbata le hacía falta una lección dada por ellas.
Las que insistieron con el genocidio.
Las que alegaron por "los compañeros".
Las que soltaron la lágrima sincera.
Las que agradecieron a cada testigo."
De Pablo Llonto.

Usando una metáfora futbolera, cargada de machismo como cualquier cántico de tablón, se podría decir que las mujeres "pusieron huevo" en el juicio al capellán de la bonaerense. No tiene que asombrar que hayan sido mujeres las que pidieron la condena del sacerdote por siete homicidios y no seis como pidieron los fiscales (hombres por cierto), cuando la historia hace acordar que cuando los 30 mil no estaban, fueron mujeres salidas de la cocina de sus casas las que enfrentaron los milicos, cuando todos se escondían de ellos.
El Tribunal federal de La Plata optó por seguir los reclamos de esas mujeres de la querella unificada, que desde el juicio a Etchecolatz, vienen aportando a la historia jurídica argentina, fue el pedido de esas abogadas que introdujo la discusión por la verdad: que en Argentina hubo un genocidio.

04 octubre 2007

“El taxista es el psicólogo, sin título”

Para Juan Carlos, el típico taxi amarillo que cualquier peatón para en la calle no es simplemente un coche de alquiler. En los autos amarillos, asegura, no se consigue sencillamente un transporte, sino que quien ocupa el asiento trasero, encuentra frente al volante un lugar donde descargar las angustias de la vida cotidiana.
Juan Carlos Sartuqui, acusa 70 años bien llevados. Hace 14 que recorre las calles neuquinas llevando pasajeros al servicio de Taxi Unión y brindando el favor gratuito de confesor de penas ahogadas en las gargantas ajenas.
Fue en el año 1993 que comenzó a manejar un auto de alquiler, cuando el desmoronamiento neoliberal asfixió las pequeñas empresas. La que él llevaba adelante, dedicada a la instalación de estaciones de servicio, cayó junto a otras siete en la bancarrota. Jubilado desde el año 1991, encontró en el taxi un método de supervivencia que le permitió seguir llevando adelante su familia.
Está casado, con dos hijas y dos nietas. Vive en Neuquén desde el año 1987, cuando eligió por propia iniciativa mudarse para atender con mayor rigurosidad su trabajo. Pero el destino ya parecía cantado, porque en el Valle comenzó a trabajar en el año 1964. Precisamente al año siguiente instaló su primera estación de servicio en la región -hoy totalmente renovada-, sobre la Ruta 22, al lado del puente que une la ciudad con Cipolletti.
Sincero al hablar, respecto de su trabajo Juan Carlos prefiere ser claro: “No es que reditúa, sino que para una persona grande no hay posibilidades”. El auto amarillo fue su salida, y más allá de lo previsible, encontró en el coche algo más que un empleo para subsistir.

Psicología de la calle
A simple vista, sus ojos verdes reflejados en el espejo retrovisor demuestran la integridad que dan los años y la experiencia, y aseguran confianza al interlocutor. Quizá no solo sean los años, porque según asegura, el taxista no es tan solo un conductor que lleva a sus pasajeros a destino: “el taxista es el psicólogo más grande que hay dentro del universo, sin título”, dice con voz tranquila y firme.
La experiencia ha hecho mella en este hombre que lleva más de una década llevando penas y alegrías ajenas de una punta a la otra de la ciudad.
“Dentro del taxi se viven buenas, malas y regulares, de todas las que se pueda pensar”, explica con el tono de voz que emplearía un padre con su hijo. Tal es así que hasta piensa escribir un libro para compilar sus anécdotas.
“Yo no se si le pasa a todos, aunque creo que si a la mayoría. Yo creo que Dios nos pone a todos una especialidad, eso que nosotros le decimos ‘el Don’. En mi ha puesto algo y es que tengo mucha memoria y mucha visión, y a raíz de eso es que me siento psicólogo. Porque apenas una persona sube al taxi, en el acto y sin que me diga algo, descubro lo que le está pasando”.

Confesionario rodante
“En una oportunidad le pregunté a una persona, muy seriamente: ‘¿Dónde me puedo conseguir una sotana?’. Sorprendido, me preguntó si pensaba ponerme de cura. Yo le dije que si, que me falta solamente una sotana, porque el confesionario ya lo tengo”, cuenta, sonriendo, al hablar de su taxi.
Anécdotas por cientos o miles. Frunciendo un poco las cejas entrecanas buscando las palabras y las imágenes precisas, recordó un viaje desde el centro al río hecho el último verano. Una mujer joven que al abordar el vehículo, casi sin pensar en lo que dice, pide que la lleve al Limay, sin más detalle. Después de un somero interrogatorio en el que Juan Carlos se permitió recomendar, “por su seguridad” –aclara-, parte para el Río Grande. Un viaje silencioso, en el que el taxista reconoció una desilusión amorosa. Poco antes de alcanzar el destino, Juan Carlos se permitió preguntar. Y acertó. “¿Cómo sabe usted?”, fue la primera reacción de la pasajera, recuerda con un humilde brillo de satisfacción en los ojos. Asegura que escuchó a la mujer por más de quince minutos, en el que sintió haber ayudado no solo a llegar a destino a su pasajera.
“Hay personas que suben al taxi, dan el destino y se quedan mudos. Pero la gran mayoría suben enojados, por tal o cual cosa. Entonces la primera persona que encuentran para despacharse es el taxista”, aseguró.


Del petróleo al taxi
“La profesión mía no es esta. Yo soy técnico en montaje de estación de servicio”. El camino recorrido por Juan Carlos Sartuqui para convertirse en taxista comenzó en el año ‘87 cuando decidió abandonar Bahía Blanca para instalarse en Neuquén. Solo seis años más tarde rodaría por las calles neuquinas llevando sus pasajeros a buen destino.
“¿Cómo empecé en el taxi? Bueno, precisamente porque en el año 1993 flaqueaba mí especialidad: yo empecé a trabajar con los surtidores en el ‘58 con la empresa Isaura, en Bahía Blanca”, explicó Juan Carlos.
“Cuando se nacionalizaron las empresas, todo fue YPF, y cuando se revierte eso, volvemos a ser cada uno de nuestra empresa, pero en la parte que a mi me competía, que es la parte comercial, no nos tomaban más como empleados sino como contratados. A principios de los 90 comienza a flaquear el tema específico mío y en ese momento yo empecé con el taxi”, recordó.
“En el 1991 yo me jubilé del petróleo, y en el año ‘93, con la unión de Isaura en la EG 3 mi actividad se cayó, y fue ahí que seguí con el taxi, para subsistir. El trabajo me viene entonces como un trabajo extra a la jubilación, porque la jubilación como a cualquiera, no le rinde”.

01 octubre 2007

Dragón

"El que había soñado con ser el primer dragón en el Paraiso era el último en la tierra. Y no lo sabía".