04 octubre 2007

“El taxista es el psicólogo, sin título”

Para Juan Carlos, el típico taxi amarillo que cualquier peatón para en la calle no es simplemente un coche de alquiler. En los autos amarillos, asegura, no se consigue sencillamente un transporte, sino que quien ocupa el asiento trasero, encuentra frente al volante un lugar donde descargar las angustias de la vida cotidiana.
Juan Carlos Sartuqui, acusa 70 años bien llevados. Hace 14 que recorre las calles neuquinas llevando pasajeros al servicio de Taxi Unión y brindando el favor gratuito de confesor de penas ahogadas en las gargantas ajenas.
Fue en el año 1993 que comenzó a manejar un auto de alquiler, cuando el desmoronamiento neoliberal asfixió las pequeñas empresas. La que él llevaba adelante, dedicada a la instalación de estaciones de servicio, cayó junto a otras siete en la bancarrota. Jubilado desde el año 1991, encontró en el taxi un método de supervivencia que le permitió seguir llevando adelante su familia.
Está casado, con dos hijas y dos nietas. Vive en Neuquén desde el año 1987, cuando eligió por propia iniciativa mudarse para atender con mayor rigurosidad su trabajo. Pero el destino ya parecía cantado, porque en el Valle comenzó a trabajar en el año 1964. Precisamente al año siguiente instaló su primera estación de servicio en la región -hoy totalmente renovada-, sobre la Ruta 22, al lado del puente que une la ciudad con Cipolletti.
Sincero al hablar, respecto de su trabajo Juan Carlos prefiere ser claro: “No es que reditúa, sino que para una persona grande no hay posibilidades”. El auto amarillo fue su salida, y más allá de lo previsible, encontró en el coche algo más que un empleo para subsistir.

Psicología de la calle
A simple vista, sus ojos verdes reflejados en el espejo retrovisor demuestran la integridad que dan los años y la experiencia, y aseguran confianza al interlocutor. Quizá no solo sean los años, porque según asegura, el taxista no es tan solo un conductor que lleva a sus pasajeros a destino: “el taxista es el psicólogo más grande que hay dentro del universo, sin título”, dice con voz tranquila y firme.
La experiencia ha hecho mella en este hombre que lleva más de una década llevando penas y alegrías ajenas de una punta a la otra de la ciudad.
“Dentro del taxi se viven buenas, malas y regulares, de todas las que se pueda pensar”, explica con el tono de voz que emplearía un padre con su hijo. Tal es así que hasta piensa escribir un libro para compilar sus anécdotas.
“Yo no se si le pasa a todos, aunque creo que si a la mayoría. Yo creo que Dios nos pone a todos una especialidad, eso que nosotros le decimos ‘el Don’. En mi ha puesto algo y es que tengo mucha memoria y mucha visión, y a raíz de eso es que me siento psicólogo. Porque apenas una persona sube al taxi, en el acto y sin que me diga algo, descubro lo que le está pasando”.

Confesionario rodante
“En una oportunidad le pregunté a una persona, muy seriamente: ‘¿Dónde me puedo conseguir una sotana?’. Sorprendido, me preguntó si pensaba ponerme de cura. Yo le dije que si, que me falta solamente una sotana, porque el confesionario ya lo tengo”, cuenta, sonriendo, al hablar de su taxi.
Anécdotas por cientos o miles. Frunciendo un poco las cejas entrecanas buscando las palabras y las imágenes precisas, recordó un viaje desde el centro al río hecho el último verano. Una mujer joven que al abordar el vehículo, casi sin pensar en lo que dice, pide que la lleve al Limay, sin más detalle. Después de un somero interrogatorio en el que Juan Carlos se permitió recomendar, “por su seguridad” –aclara-, parte para el Río Grande. Un viaje silencioso, en el que el taxista reconoció una desilusión amorosa. Poco antes de alcanzar el destino, Juan Carlos se permitió preguntar. Y acertó. “¿Cómo sabe usted?”, fue la primera reacción de la pasajera, recuerda con un humilde brillo de satisfacción en los ojos. Asegura que escuchó a la mujer por más de quince minutos, en el que sintió haber ayudado no solo a llegar a destino a su pasajera.
“Hay personas que suben al taxi, dan el destino y se quedan mudos. Pero la gran mayoría suben enojados, por tal o cual cosa. Entonces la primera persona que encuentran para despacharse es el taxista”, aseguró.


Del petróleo al taxi
“La profesión mía no es esta. Yo soy técnico en montaje de estación de servicio”. El camino recorrido por Juan Carlos Sartuqui para convertirse en taxista comenzó en el año ‘87 cuando decidió abandonar Bahía Blanca para instalarse en Neuquén. Solo seis años más tarde rodaría por las calles neuquinas llevando sus pasajeros a buen destino.
“¿Cómo empecé en el taxi? Bueno, precisamente porque en el año 1993 flaqueaba mí especialidad: yo empecé a trabajar con los surtidores en el ‘58 con la empresa Isaura, en Bahía Blanca”, explicó Juan Carlos.
“Cuando se nacionalizaron las empresas, todo fue YPF, y cuando se revierte eso, volvemos a ser cada uno de nuestra empresa, pero en la parte que a mi me competía, que es la parte comercial, no nos tomaban más como empleados sino como contratados. A principios de los 90 comienza a flaquear el tema específico mío y en ese momento yo empecé con el taxi”, recordó.
“En el 1991 yo me jubilé del petróleo, y en el año ‘93, con la unión de Isaura en la EG 3 mi actividad se cayó, y fue ahí que seguí con el taxi, para subsistir. El trabajo me viene entonces como un trabajo extra a la jubilación, porque la jubilación como a cualquiera, no le rinde”.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Buena nota. Me quedé con ganas de más sobre el chofer. Historias le deben sobrar seguramente.
Un fuerte abrazo, amigo.
El Zuca.

viajecomoelorto dijo...

Me pasa que en un viaje en taxi, siempre siempre salen temas muy buenos. Me gusta mucho hablar con los taxistas.
Y es verdad el taxista es un gran psicologo.
Tienen historias impresionantes, para libros.
Lo que es increible es que siempre se las saben todas.
Buena nota un beso

pablo dijo...

A mi tambièn me gusta mucho esta nota. Se lee con facilidad y eso creo que està bueno.
La de màs arriba me hizo "cagar" de risa (sic).
un abrazo!!.