27 noviembre 2007

Otra de taxistas

Somatización amarilla

Los taxistas deben ser iguales en todos lados y un viaje aquí o en cualquier otra ciudad tiene las mismas similitudes, apenas modificadas por el paisaje que transcurre más allá de la ventanilla. Los taxistas hablan, gustan de conversar con el pasajero como si estuviesen obligados, por algún tipo de código de cortesía, a distraer al viajero.
En Neuquén los taxis son color amarillo. La última vez que subí a uno, el chofer no se aguantó más de dos cuadras para iniciar una charla –casi un monólogo- de corte escatológico. Íbamos con las ventanillas bajas porque hacía calor y el viento seco –que en esta región de meseta Patagónica es áspero- nos despeinaba un poco, cuando empezó a contar que venía de su casa porque no había aguantado y tuvo que salir, literalmente, cagando a media mañana, a eso de las diez para su propio escusado.


-Yo no puedo aguantar, y viste que no hay como la comodidad de tu casa- explicó, sabiendo que decía una obviedad. -Yo estoy operado de peritonitis y no puedo retener. No aguanto, es un problema que tengo; y cuando me agarran las ganas tengo que salir rajando para casa.

Con una excusa me introdujo en el relato que se venía, hablando de costado, evitando distraer la mirada clavada en el parabrisas, en la trompa del auto amarillo que enfilaba por la calle Belgrano, que a mediodía, estaba colmada de vehículos que iban y venían del este al oeste –y viceversa- de la ciudad.
Poco menos de un mes antes de la charla, otro taxista al que entreviste para el suplemento aniversario de la ciudad, dio su explicación sobre el espejo retrovisor, más amplio que los estándar, que usan los tacheros en sus autos, sobre todo, para mirar al pasajero del asiento trasero. «Yo le digo el marco de las personas» dijo el chofer septuagenario con ínfulas de “psicólogo sin título”, como definió a los de su profesión. Por el marco me hablaba el taxista con problemas de control de sus impulsos intestinales.

-¡Esta mañana me dieron unos retorcijones!- continuó, se justificó casi.
-Son muy feos- atiné a decir, sonriendo e intentando dilucidar hacia donde iba el asunto.
-Encima recién llegaba a dejar un pasajero, allá en el Alto.- Dijo y señaló de un manotazo algún lugar, graficando una gran distancia. Y remató: -tuve que salir rajando.

De pronto, como me temía a esa altura del viaje, llegó la confesión. No dijo «me cagué». Hubiera sido demasiado explícito y obvio.

-Un día no aguanté- Largó de golpe, e hizo un silencio, contemplándome por el marco.
Yo me reí.
Contó todo sin demasiados detalles: que tuvo miedo de manchar el tapizado del coche; que dejó algunas huellas, drenadas por la botamanga del jean desde la cochera de la casa hasta el baño; que después tuvo que baldear.

-Pero, ¿sabés? –dijo de golpe.- Siempre me dan los retorcijones cuando estoy lejos de casa.- explicó con expresión de desvelo en su cara.-Para mi es psicológico- Remató.
-Puede ser…-, arriesgué boludamente. Me era imposible a esa altura de la charla arriesgar una opinión.
-Si no, no tiene explicación. Tiene que ser de acá.- Dijo con el índice apoyado apenas en el límite de la frente con la sien.

Me bajé a unas pocas cuadras, cinco o seis minutos más adelante, cuando ya empezaba a contarme de la época en que había hecho la colimba en Zapala, y su posterior radicación en Neuquén, porque era de Lugano, aseguró.
Bajé al sol y caminé por esa cuadra del centro pensando en que ese viaje lo recordaría, al menos, por esa semana.