Aunque no es de preocuparse por los avatares de las leyes y normativas legislativas, Pablo anda preocupado. Es un estudiante de Bellas Artes y su mundo varía entre las creaciones plásticas y la vida tranquila, repleta de amistades, en un cuarto piso en calle 12.
Pero Pablo es, también, un tipo delgado y bien morocho: piel oscura, ojos oscuros, usa el pelo negro (casi azabache) rapado. En invierno se abriga con camperas y buzos con capucha. En verano anda con gorra. No es peligroso para sí, ni para terceros. Es, casi, un fundamentalista de la vida en paz. No le gustan los pleitos ni meterse con la gente; camina tranquilo por la calle; habla bajo y jamás se lo escucha levantar la voz. Ni siquiera le gusta el fútbol por lo que en su vida gritó siquiera para festejar un gol.
Pero Pablo está preocupado por el proyecto del Código Contravencional y la reforma procesal penal.
Y no es para menos. Pablo vive sobre la calle 12, a dos cuadras de la Departamental de Policía y desde que se mudó, a principios de año, la policía interrumpió seis veces su paso en plena calle. Le pidieron documentos, lo pusieron contra la pared, lo palparon de armas.
Pablo es morocho y joven. Apenas supera los 24 años. Es noctámbulo y suele caminar por la calle de noche: al quiosco a comprar puchos; a lo de algún otro amigo, o simplemente para tomar aire mientras está en medio de un trabajo artístico.
Pablo es morocho y joven y por eso cumple con las características necesarias para ingresar en la lista de los sospechosos de merodeo, de vagancia, por portación de elementos injustificados (justo las herramientas que usa para la facultad).
Y es uno de los elegidos del "olfato policial" que está en las bases mismas de la puesta en práctica del código. Sin que la norma esté aprobada, Pablo lo vivió en carne propia, al menos, seis veces este año sólo por su fisonomía de negrito joven.
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04 diciembre 2009
15 septiembre 2009
Una de piratas
El flaco estuvo revisando diarios viejos porque la maestra de segundo grado de Dante le había dado de tarea recortar palabras con bla, ble, bli, blo y blu, como él había hecho también en sus primeros días de educación primaria. Con bli, sólo encontraron “pública”.–¿Sabés qué quiere decir? –preguntó el flaco. –No –dijo Dante.
–”Pública” quiere decir que es de todos. Como la plaza –explicó el flaco.
Terminaron la tarea tarde, ya de noche. Cenaron. Y prendieron la tele para ver a Capussoto. Antes de ir al corte, el programa tiró un videoclip larguísimo de una banda rarísima (noruega, sueca, finlandesa… que importa).
Y Dante preguntó: “¿Qué quería decir pública?”.
–Que es de todos, que no tiene un dueño –repitió el flaco.
–Ahí dice “TV pública”–dijo señalando el ícono celeste del 7.
–Este canal es del Estado. No tiene un dueño porque es de todos los argentinos.
Dante pensó un ratito y preguntó de nuevo: “¿Y si viene un inglés y se la quiere quedar?”.
El flaco y la mamá de Dante le explicaron que eso era imposible, y aprovecharon para hacer una comparación con las invasiones inglesas. La parte que más le interesó fue cuando le dijeron que “entre todos los argentinos lo echamos a patadas en el culo”.
“Pobrecito, si supiera del petróleo, de Aerolíneas”, pensó el flaco. Y pensó en las asociaciones que hacen los chicos y en los ingleses, en los piratas que asolaron el caribe en la época colonial (como el del libro que lee Dante para la escuela); en los ingleses (piratas, claro) que se apropiaron de las Islas Malvinas.
Pero Dante nació en el XXI. ¿Por qué no preguntó si viene un español y se lo queda? Repsol, Marsans, Telefónica. ¿Y un yanqui?
Pero mejor, –pensó el flaco– era distraerse con las poses de karateca de Dante al explicar cómo iba a fajar a ese inglés pirata que nos quería sacar a Peter Capusotto y sus videos.
11 enero 2009
La pileta
El flaco tomó dos pasos de carrera, picó en el borde y saltó al agua. Su cuerpo alargado, con antiparras y malla short ajustada al cuerpo, entró recto de cabeza en la pileta. Una entrada perfecta, apenas si salpicó unas gotas hacia los costados. A unos pocos centímetros de profundidad hizo unos metros con las manos juntas y los brazos extendidos bajo el agua. Pura técnica: incluso repitió dos patadas tipo delfín para darse mayor impulso. Meolans se sentía el flaco mientras encaraba hacia la otra punta del natatorio.
Al final emergió, más o menos a la altura del banco de los guardavidas que miraban la pileta echados y pachorrientos. Y comenzó con las brazadas del estilo crawl. Un brazo, otro, respiración... "Técnica y entrenamiento", pensaba el flaco.
Una, dos, tres veces recorrió la pileta olímpica del campo de deportes del Colegio Nacional. De una punta a la otra.
Nadaba concentrado y era impensado que saliera de ese trance, que algo lo expulsara fuera de esa comunión que se genera entre los nadadores y el agua cristalina de la pileta.
Justo, entonces, cuando el brazo derecho emergía del agua anticipando una palanca enérgica contra el líquido elemento que lo impulsaría unos centímetros más, se produjo la explosión.
Los guardavidas no se tiraron al agua. No fue necesario. Ni siquiera advirtieron el episodio.
El flaco ya no nadó esa tarde. La patada del adolescente que jugaba con sus amigos a la mancha en el agua le metió con el talón en la quijada, lo había dejado mareado. Atontado por el resto del día.
"Cuando hay tantos chicos no se puede nadar, Peter", comentó Carlos, acodado en la reja verde que encierra la pileta.
El flaco, todavía atontado y sentado al sol, miraba con su compañero de natación el enjambre de pibitos tirándose bombita, persiguiéndose, mojando a todos, sin importarles los andariveles.
Al final emergió, más o menos a la altura del banco de los guardavidas que miraban la pileta echados y pachorrientos. Y comenzó con las brazadas del estilo crawl. Un brazo, otro, respiración... "Técnica y entrenamiento", pensaba el flaco.
Una, dos, tres veces recorrió la pileta olímpica del campo de deportes del Colegio Nacional. De una punta a la otra.
Nadaba concentrado y era impensado que saliera de ese trance, que algo lo expulsara fuera de esa comunión que se genera entre los nadadores y el agua cristalina de la pileta.
Justo, entonces, cuando el brazo derecho emergía del agua anticipando una palanca enérgica contra el líquido elemento que lo impulsaría unos centímetros más, se produjo la explosión.
Los guardavidas no se tiraron al agua. No fue necesario. Ni siquiera advirtieron el episodio.
El flaco ya no nadó esa tarde. La patada del adolescente que jugaba con sus amigos a la mancha en el agua le metió con el talón en la quijada, lo había dejado mareado. Atontado por el resto del día.
"Cuando hay tantos chicos no se puede nadar, Peter", comentó Carlos, acodado en la reja verde que encierra la pileta.
El flaco, todavía atontado y sentado al sol, miraba con su compañero de natación el enjambre de pibitos tirándose bombita, persiguiéndose, mojando a todos, sin importarles los andariveles.
30 octubre 2008
Al final, me tapó la boca
Los flacos se cruzaron en la puerta del Coliseo Podestá. A su alrededor, una multitud de chicas (y otras no tanto) esperaban la salida del galán de telenovelas para robarle un beso, una foto, un autógrafo o una mirada. Los dos tipos estaba acostumbrados a encontrarse así, casualmente, pero en otro ámbito completamente diferente: la entrada o la salida de la cancha.
Si se encontraban antes del partido, lo miraban juntos en la tribuna. Si se encontraban después, compartían los insultos que habían proferido al referí, los jueces de línea, los jugadores contrarios o la tribuna visitante.
Pero el viernes se vieron en el teatro, los dos saliendo de la mano de sus respectivas mujeres, abandonando la sala donde terminaba de estrenarse la obra de teatro Pilowman en la ciudad.
Un poco desconcertados -para qué negarlo-, se acercaron a saludarse.
-¿Viniste a ver la obra?- preguntó Andrés, tímidamente, casi al borde de la vergüenza.
-Sí, estuvo buena. ¿Vos salís de ahí también?- dijo Pedro.
Andrés dudó un segundo. Probablemente recordó los encuentros con ese viejo conocido en la puerta del Estadio Único, en las puteadas guturales gritadas desde los escalones de cemento. Posiblemente pensó que no era lógico encontrarse con un compañero de cancha y no compartir la opinión por una jugada polémica, un gol errado, una amonestación o un siga siga imperdonable.
Pero su duda transitaba otros carriles. Y al final largó:
-Sí, vine a la obra- dijo con una rara mezcla de angustia y enojo. -Pensé que era una mariconada bárbara venir a verlo a Pablo Echarri, pero igual vine.
Pedro y las dos mujeres rompieron en carcajadas. Mientras, Andrés ensayaba una autocrítica:
-Y al final, me tapó la boca- dijo -porque la verdad que Echarri, hoy garpó.
La concentración de mujeres revoloteando alrededor de las salidas del Coliseo Podestá los sacó de ahí. Caminaron hasta la esquina en busca del auto -como a la salida de la cancha- que habían estacionado, más o menos, para el mismo lado.
La caminata fue más bien silenciosa. No había quejas ni jugadas para discutir. Y enseguida se pusieron de acuerdo en que la obra de teatro les había parecido muy buena.
Si se encontraban antes del partido, lo miraban juntos en la tribuna. Si se encontraban después, compartían los insultos que habían proferido al referí, los jueces de línea, los jugadores contrarios o la tribuna visitante.
Pero el viernes se vieron en el teatro, los dos saliendo de la mano de sus respectivas mujeres, abandonando la sala donde terminaba de estrenarse la obra de teatro Pilowman en la ciudad.
Un poco desconcertados -para qué negarlo-, se acercaron a saludarse.
-¿Viniste a ver la obra?- preguntó Andrés, tímidamente, casi al borde de la vergüenza.
-Sí, estuvo buena. ¿Vos salís de ahí también?- dijo Pedro.
Andrés dudó un segundo. Probablemente recordó los encuentros con ese viejo conocido en la puerta del Estadio Único, en las puteadas guturales gritadas desde los escalones de cemento. Posiblemente pensó que no era lógico encontrarse con un compañero de cancha y no compartir la opinión por una jugada polémica, un gol errado, una amonestación o un siga siga imperdonable.
Pero su duda transitaba otros carriles. Y al final largó:
-Sí, vine a la obra- dijo con una rara mezcla de angustia y enojo. -Pensé que era una mariconada bárbara venir a verlo a Pablo Echarri, pero igual vine.
Pedro y las dos mujeres rompieron en carcajadas. Mientras, Andrés ensayaba una autocrítica:
-Y al final, me tapó la boca- dijo -porque la verdad que Echarri, hoy garpó.
La concentración de mujeres revoloteando alrededor de las salidas del Coliseo Podestá los sacó de ahí. Caminaron hasta la esquina en busca del auto -como a la salida de la cancha- que habían estacionado, más o menos, para el mismo lado.
La caminata fue más bien silenciosa. No había quejas ni jugadas para discutir. Y enseguida se pusieron de acuerdo en que la obra de teatro les había parecido muy buena.
20 junio 2008
Varados
Al lado de un alambrado que se perdía a la distancia y protegía un mundo que le era ajeno y hostil, paró el gordo Osvaldo Soriano a Zárate, el personaje de su novela Una sombra ya pronto serás. Algo parecido sucedía el fin de semana largo por el día de la bandera y del padre en Carlos Tejedor, un terruño salitroso en el noroeste bonaerense, donde el viento insistente del invierno levanta pardas nubes de tierra de las lagunas secas, por sobre la gramilla amarillenta y reseca por las heladas. En ese pueblo ubicado a un lado de la ruta 226, donde viven unas 7 mil almas, la familia mendocina pasó obligada el fin de semana.
Debe haber resultado gracioso ver la cara de sorpresa del dueño del hotel del Oeste, que fue visionariamente construido frente a la Petrobrás del acceso, ver ingresar un cliente que no era un viajante. Los tres mendocinos iban a Mar del Plata y, aunque en el pueblo no había piquete, no pudieron seguir: la aguja del reloj de la nafta del Corsa tocó fondo. Por el paro del campo, nadie en el pueblo tenía combustible para vender.
Los mendocinos se relajaron y pasearon una, dos, tres, cien veces por las cuatro cuadras que componen el centro de Tejedor; desde la plaza hasta Tequila, el almacén de ramos generales más grande que supo tener el pueblo, ahora transformado en bar. Los forasteros eran el comentario de todos.
A pocas cuadras de la plaza principal, la arquitecta Rodríguez, la que construyó el hotel del acceso de la ciudad, pasó el día del padre con su familia. La mujer tampoco consiguió nafta para volver con su Ford Ka a Neuquén, donde vive. Como los mendocinos, el martes miraba el horizonte esperando ansiosa al camión cisterna y puteando, por lo bajo, al paro del campo.
Debe haber resultado gracioso ver la cara de sorpresa del dueño del hotel del Oeste, que fue visionariamente construido frente a la Petrobrás del acceso, ver ingresar un cliente que no era un viajante. Los tres mendocinos iban a Mar del Plata y, aunque en el pueblo no había piquete, no pudieron seguir: la aguja del reloj de la nafta del Corsa tocó fondo. Por el paro del campo, nadie en el pueblo tenía combustible para vender.
Los mendocinos se relajaron y pasearon una, dos, tres, cien veces por las cuatro cuadras que componen el centro de Tejedor; desde la plaza hasta Tequila, el almacén de ramos generales más grande que supo tener el pueblo, ahora transformado en bar. Los forasteros eran el comentario de todos.
A pocas cuadras de la plaza principal, la arquitecta Rodríguez, la que construyó el hotel del acceso de la ciudad, pasó el día del padre con su familia. La mujer tampoco consiguió nafta para volver con su Ford Ka a Neuquén, donde vive. Como los mendocinos, el martes miraba el horizonte esperando ansiosa al camión cisterna y puteando, por lo bajo, al paro del campo.
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